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Siempre Fue Claudia… Y Lo Sabían

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El espíritu de la nación vive una democracia muy incipiente, lejana a la realización plena, por lo que nuestras certezas en ese sentido han tenido que darse en el fortalecimiento institucional y no en una vocación colectiva. Tenemos —aun golpeado y debilitado, en los tiempos corrientes— un árbitro electoral considerado entre los mejores del mundo, mas el hecho de que lo requiramos así, profesional, robusto y costoso, viene de nuestras miserias republicanas, que no solo derivan del caudillismo, sino de un absolutismo radical de la Corona de Castilla para la que la ilustración pasó de noche. Si confiamos en las elecciones —que lo hacemos— es a pesar de los mexicanos.

En la mayoría de las democracias modernas —y hasta pudiéramos suprimir el adjetivo— la existencia de un órgano como el Instituto Nacional Electoral es innecesaria, y no solo por cuestión de desarrollo: en nuestro vecino centroamericano, Belice, las elecciones se llevan a cabo sin necesidad de vigilar —y castigar, diría Michelle Foucault— a los ciudadanos, y al final hace gobierno en nombre de la Corona del Reino Unido la persona que más votos obtiene.

En ningún otro país vemos que sea menester poner mordazas a los gobernantes y demás integrantes de los poderes del Estado para que no expresen sus preferencias político electorales, pero aquí el mal consiste en que el ogro filantrópico no tiene la voluntad de conducirse dentro de los cauces legales y, peor, este Levitan mexicanizado por Octavio Paz parece no tener dominio sobre su propio cuerpo, sus partes, sus apéndices y sobe todo sus largas garras, así que, aunque en un remoto e inverosímil caso el príncipe optara por la democracia, el aparato no está concebido para eso, así que una ceja arqueada a destiempo bien pudiera interpretarse como una orden: “¡Al abordaje! ¡Atraquemos a la señora!

Es por eso que se les impide al presidente y a todos los funcionarios que mancillen a nuestro sistema comicial ni con el pétalo de una palmadita en la espalda, en una contradicción legal que para cualquier jurista allende nuestras fronteras debe resultar un galimatías: la Constitución General establece el derecho humano a la libertad de expresión (artículo 6), pero en la misma carta fundamental y en las leyes secundarias esta garantía le es conculcada al servidor público del Poder Ejecutivo jerárquicamente más encumbrado por falta de confianza en nosotros mismos.

Como sea —y acaso contra su naturaleza— el presidente Andrés Manuel López Obrador se mantuvo razonablemente al margen del proceso interno para la selección del candidato de su partido a sucederlo —eso de los nombres ridículos tiene que ver también con el corsé tan prieto que usa nuestra pudibunda doña democracia—. No solo sus allegados, correligionarios y simpatizantes saben hacia dónde se dirigen los ecos de los latidos su macuspano corazoncito, pues el país entero está enterado del idilio, al cual, desde nuestro punto de vista, tendría pleno derecho en todo el mundo, menos en México y los países totalitarios que quedan.

No debiera haber sorpresa, esta tarde o noche, cuando se dé a conocer que será Claudia Sheinbaum Pardo la ungida por el Morena y, automáticamente, por sus adláteres, pues es —y siempre fue— la consen, la cachorra, la xhunca, hecho tan consabido que no requería de mensaje alguno, cifrado o expreso, por parte del mandatario federal. Así sucede en todo el mundo —hay predilecciones del poder—, y en eso consiste precisamente trasteo democrático: la oposición debe contar con igualdad de condiciones, pero si el oficialismo está firme y felizmente instalado en el ánimo de los ciudadanos, vencerlo requerirá de grandes esfuerzos.

Marcelo Ebrard Casaubón —el preferido del que esto escribe, y de los políticos locales que tiene en más alta estima, para la silla presidencial, incluso sobre la simuladora de la antinatural oposición, Xóchitl Gálvez Ruiz, a pesar de los muertos que pretende ocultar en el clóset, como fue su papel en la creación, en un trasnocho operado por el legendario Raúl Salinas de Gortari, de partidos espurios, como el infame Verde Ecologista de México o el decimonónico del Trabajo—; el atrabiliario y silvestre Adán Augusto López Hernández, más guarura —de facha, talante y modales— que jefe de la política interna de López; el culto e inteligente Gerardo Fernández Noroña, que sin embargo nunca despertó de sus sueños verdes del tianguis de El Chopo y se quedó en su cantilena setentera de “el pueblo, unido, jamás será vencido”, seguido solo por lo más granado de la chairiza; el pelele desvergonzado y chilletas de Ricardo Monreal Ávila, y el muppet de cuota tucán —para que no digan— Manuel Velasco Coello, en orden decreciente, no tenían absolutamente  nada que hacer, y lo sabían.

Eran garbanzos, arroz y cebo para el caldo llamado Claudia. No nos gusta tanto —tampoco nos disgusta tanto, cierto—, pero es —siempre fue, aunque los simpatizantes del “Carnal” manteníamos un optimismo, como esperanza de apoplejía o ataque cardiaco en la casa de de enfrente, dicho sea, ¡claro!, figurativamente— la realidad.

La carrera del excanciller, tristemente, terminará con casi total seguridad en algún partido o coalición marginal de esos que siempre andan a la pepena para mejorar su número de escaños plurinominales en el congreso.

Tan tan.

LA DICHA INICUA…

Muy prudente, la gobernadora de Quintana Roo, Mara Lezama Espinosa, incluso de una manera más aséptica que el presidente, se mantuvo al margen de la contienda interna, y aunque hay suposiciones verosímiles, hasta por razón de género, se abstuvo de manifestarse y evitó como a la lepra imponer cualquier tipo de línea al interior de la administración que encabeza, que por cierto no es necesariamente morenista ni verde ecologista.

Aunque sus detractores lo quisieran así, no parece probable que vaya a brincar algún desvío financiero o utilización de recursos públicos —financieros, materiales o humanos— a favor de algún precandidato de la Cuarta Transformación. Fuera de las actividades de los integrantes de los partidos y los simpatizantes de las distintas “corcholatas”, en Quintana Roo ni siquiera se percibió que hubiese tenido lugar una elección primaria, que sin exagerar pudiera ser la definición de la Presidencia de la República.

¿Su preferencia? Seguro la tuvo, más en cumplimiento escrupuloso de la normativa electoral y su espíritu mojigato mexican way la mantuvo in pectore, como hacen los papas con su cardenal “tapado”, cuando por los lóbregos pasillos vaticanos se escuchan in cescendo los pasos fatídicos de la muerte…

Bueno: exageramos un poquitín, pero sonó padre.

GRILLOGRAMA

Pasaron el Rubicón…

Hace buen tiempo, de lejos

La suerte ya estaba echada

Y ahora qué, ¿como si nada?

¡No nos hagamos pend…!

columnacafenegro@gmail.com

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