Por Rafael Quintanar González
En pleno siglo XXI, en medio del proceso de transformación que vive nuestro país, persiste una deuda histórica con la clase trabajadora.
histórica con la clase trabajadora.
Si bien la Cuarta Transformación ha impulsado con firmeza una nueva reforma laboral orientada a la democratización sindical, todavía persisten viejas prácticas que contaminan el ámbito laboral, afectando tanto a trabajadores como a empresarios y frenando el desarrollo económico.
Una de estas prácticas es el gansterismo sindical, fenómeno ligado al charrismo y a centrales obreras que durante décadas se resguardaron bajo la sombra del partido hegemónico en el poder: el PRI.
Estas organizaciones, lejos de representar los intereses de los trabajadores, se han dedicado a la extorsión, el control autoritario y el saqueo de los recursos de los trabajadores.
En lugar de promover la democracia sindical y fortalecer la defensa de los derechos laborales, acarreaban trabajadores a mítines, los obligan ha participar en procesos electorales bajo amenaza y a cambio recibían protección institucional para seguir robando impunemente a la clase obrera.
El caso reciente del restaurante Hong Kong en Cancún es un ejemplo doloroso y paradigmático.
Este emblemático negocio, con más de cuatro décadas de historia, sobrevivió huracanes, pandemias y crisis económicas.
Fundado por migrantes que apostaron por México como un territorio de esperanza, Hong Kong ofreció empleo digno a generaciones de trabajadores quintanarroenses.
Sin embargo, no pudo resistir la presión del sindicalismo corrupto, que le exigió cuotas impagables bajo amenaza de estallar una huelga, con un contrato colectivo diseñado más para los grandes complejos hoteleros que para una empresa familiar.
La historia se repite una y otra vez trabajadores renuncian voluntariamente a organizaciones como la CROC, encabezadas en Quintana Roo por Mario Machuca y Martimiano Maldonado, señalados por apropiarse indebidamente de las propinas de miles de trabajadores del sector turístico.
Estos líderes sindicales —autodenominados representantes obreros— imponen delegados por medio de amenazas, agresiones y violencia física, replicando prácticas propias de grupos gansteriles.
Lo más grave es que estos atropellos no se dan en la clandestinidad, sino a plena luz del día, frente a una sociedad que muchas veces prefiere guardar silencio.
Se vulnera así a un sector profundamente noble, trabajador, y éticamente sólido: la clase obrera, esa que con sus manos, levanta todos los días los pilares de la economía nacional.
En Quintana Roo, como en el resto del país, urge desmantelar estas estructuras corporativas caducas que sólo sirven para enriquecerse a costa del sudor ajeno.
La transformación no será completa mientras el sindicalismo no recupere su esencia: ser un instrumento de justicia, de lucha colectiva y de dignificación del trabajo.
Porque sin una clase obrera libre, organizada y representada con honestidad, no hay Cuarta Transformación que pueda sostenerse a largo plazo.
Los trabajadores deben retomar el estudio, la lectura, informarse y capacitarse para eliminar el yugo que los explota siendo muchas veces el propio sindicato con este tipo de personajes gansteriles.
Los empresarios deben de aliarse con los trabajadores en la búsqueda de seguir fortaleciendo cada día más la planta productiva.
Y el gobierno debe actuar siempre priorizando a los más desprotegidos, con sensibilidad y mano firme ante los abusos.
creditos: Cuervos




