Morena en Quintana Roo dejó atrás cualquier intento de aparentar cohesión. La sucesión gubernamental rumbo a 2027 entró de lleno en una fase de confrontación interna, luego de que Ricardo Monreal Ávila, coordinador de la bancada morenista en la Cámara de Diputados, cerrara filas públicamente con sólo tres perfiles y enviara al “congelador político” al resto de los actores que ya se movían en la antesala del relevo en Palacio de Gobierno.
Sin rodeos, Monreal redujo la carrera a Eugenio “Gino” Segura Vázquez, senador de la República; Ana Patricia Peralta de la Peña, presidenta municipal de Benito Juárez; y Rafael Marín Mollinedo, director general de Aduanas. El mensaje, lanzado desde el centro del poder —o al menos desde su lectura del mismo— fue contundente: no todos caben y no todos cuentan. La señal cayó como un golpe directo a los grupos que se habían adelantado, construido narrativa propia y desplegado estructura territorial.

Uno de los quiebres más visibles fue la exclusión de la diputada federal Marybel Villegas Canché. En los corrillos políticos ya se habla de un rompimiento de fondo entre la legisladora quintanarroense y Monreal, quien al no considerarla una aspirante viable dinamitó cualquier margen de negociación y profundizó la fractura entre las corrientes internas de Morena.

El golpe también alcanzó a Estefanía Mercado, presidenta municipal de Playa del Carmen, una figura con control territorial en uno de los municipios más estratégicos del estado. Su ausencia en la terna confirmó que ni el peso político local ni el posicionamiento mediático garantizan espacio en la lógica sucesoria que se cocina desde la cúpula.
Tampoco pasaron el filtro María Hernández, alcaldesa de Felipe Carrillo Puerto, ni Atenea Gómez, presidenta municipal de Isla Mujeres. Ambas habían sido activas en la promoción de sus aspiraciones y hoy quedaron formalmente desmarcadas del proyecto que Monreal reconoce como competitivo. Para el centro, fueron notas marginales; para sus equipos, una declaración abierta de guerra política.

Lejos de atemperar el escenario, Monreal avivó la confrontación al advertir que, sin reglas claras impuestas desde la dirigencia nacional, Morena podría enfrentar deserciones anticipadas, choques abiertos entre grupos y rupturas irreversibles.
“Si no se fijan reglas claras, puede haber problemas serios de deserciones anticipadas o de brusquedad en el proceso”, lanzó el legislador, uno de los operadores políticos más experimentados del movimiento y cercano al expresidente Andrés Manuel López Obrador.

La advertencia fue todo menos retórica. Marcó una línea divisoria: de un lado, los tres nombres señalados; del otro, un bloque de excluidos con capital político, estructura y agenda propia. En ese choque no sólo está en juego la candidatura, sino la estabilidad interna de Morena en Quintana Roo.

A dos años de la elección, el mensaje es brutalmente claro: la sucesión ya tiene filtros, vetos y consecuencias. Y quienes quedaron fuera deberán decidir pronto si aceptan el papel de espectadores… o si rompen filas antes de que el proceso los termine por arrastrar o ignorar, incluidos —para muchos— los propios dichos de Monreal, a quien algunos ya ven como un actor con influencia menguante.



