miércoles, abril 29, 2026
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Chetumal: la ciudad que debe reencontrarse consigo misma

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Chetumal no nació entre grandes monumentos ni siglos de historia heredada. Su origen fue distinto: se levantó desde cero, con el esfuerzo de hombres y mujeres que llegaron desde distintos lugares buscando una oportunidad. Migrantes, comerciantes, trabajadores, profesionistas y soñadores encontraron en este rincón del Caribe un espacio para construir futuro, y lo hicieron con trabajo, disciplina y una clara visión de progreso.

Antes de ser Chetumal, fue Payo Obispo, y en ese nombre vive parte de una esencia que hoy parece haberse ido desdibujando.

Los primeros habitantes no llegaron con resignación, sino con ambición de crecer. Españoles, italianos, griegos, egipcios, libaneses, franceses, ingleses y escoceses formaron una comunidad diversa que aportó conocimiento, comercio, producción y una cultura de esfuerzo constante. Aquí se fabricaban jabones, aceites, alimentos, zapatos y muchos otros productos; se generaba valor desde lo local y existía una aspiración permanente por mejorar la calidad de vida.

Había una mentalidad de progreso.

Incluso después del devastador paso del huracán Janet, la ciudad no se venció. Se reconstruyó con determinación y con ello reafirmó su carácter resiliente. Durante muchos años, Chetumal fue símbolo de orden, tranquilidad, institucionalidad y dignidad. Una capital pequeña, sí, pero con identidad, rumbo y orgullo propio.

Sin embargo, con el tiempo algo cambió.

La ciudad comenzó a depender más de su condición de capital administrativa que de su propia capacidad productiva. La seguridad de la burocracia fue desplazando el impulso emprendedor. Poco a poco, el espíritu de construcción fue cediendo terreno al conformismo.

El problema no fue convertirse en una ciudad de servicios públicos, sino creer que eso bastaba.

Se fue perdiendo ese orgullo silencioso de quien construye, compite y mejora. En su lugar apareció la idea de que “así estamos bien”, de que crecer no era una prioridad y de que el esfuerzo extra no valía la pena. Así comenzó el estancamiento.

También surgió una práctica dañina: la competencia desleal entre los propios ciudadanos. En lugar de elevar la calidad, se buscó reducir costos a cualquier precio. En lugar de profesionalizar, se improvisó. En vez de construir valor, se normalizó competir desde la trampa, la evasión y la falta de compromiso.

Eso no solo afecta la economía; destruye la confianza, que es uno de los pilares más importantes de cualquier sociedad.

Chetumal dejó de mirar hacia afuera para crecer y comenzó a desgastarse hacia adentro.

Entonces surge una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Estamos esperando que otros lleguen a hacer lo que nosotros mismos hemos dejado de hacer?

Porque así nació esta ciudad.

Hoy, el llamado “chetumalismo” muchas veces se defiende como identidad, pero pocas veces se acompaña de autocrítica. Se señala hacia afuera, cuando gran parte del problema está dentro. No es falta de talento, ni de capacidad; es falta de exigencia colectiva.

Además, se ha construido una narrativa que a veces simplifica su verdadera historia. Se idealiza una identidad de “pueblo caribeño”, cuando en realidad Chetumal nació como una ciudad profundamente cosmopolita, productiva y orientada al crecimiento.

Quizá incluso valga la pena reflexionar sobre sus símbolos.

¿Fue correcto dejar atrás el nombre de Payo Obispo para convertirnos en Chetumal?

Más allá del nombre, lo importante es lo que representaba: una visión de ciudad basada en el trabajo, la aspiración y la construcción permanente.

Porque una ciudad no se derrumba sola.

Se abandona.

Y cuando una comunidad deja de emprender, de arriesgar, de colaborar y de trabajar por objetivos comunes, lo que está en juego no es solamente su economía, sino su propia identidad.

Vale entonces preguntarlo con honestidad:

¿El chetumaleño de hoy realmente ama su ciudad?

Porque amar una ciudad no es solo vivir en ella. Es construirla, defenderla y mejorarla.

Conformarse con alcanzar un cargo público solo para servirse de él, tolerar decisiones que desvían recursos o normalizar prácticas que dañan el bien común no puede ser motivo de orgullo.

Eso no es amor por la ciudad.

Eso es renuncia.

Hoy, más que una ciudad en crisis, Chetumal parece una ciudad en pausa.

Una pausa peligrosa, porque el mundo sigue avanzando. Porque las oportunidades no esperan. Porque las nuevas generaciones, si no encuentran aquí un camino, lo buscarán en otro lugar.

¿Es ese el futuro que queremos?

Una ciudad que alguna vez se levantó con visión y carácter no puede resignarse a vivir de inercias. No puede esperar que otros vengan a rescatarla, como si su destino dependiera siempre de factores externos.

La verdadera transformación comienza cuando una sociedad decide asumir su responsabilidad.

Y la buena noticia es que la historia todavía no está escrita.

Porque si algo ha demostrado Chetumal, es que sabe reconstruirse. Ya lo hizo una vez, en circunstancias mucho más difíciles.

No falta talento. No falta ubicación. No falta capacidad.

Lo que hace falta es decisión.

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