lunes, mayo 11, 2026
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El Polo de Desarrollo para el Bienestar de Chetumal: ¿Progreso sobre terreno inestable?

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Lo primero que quiero recalcar es que NO estoy en contra del desarrollo, estoy completamente en contra del desarrollo mal planeado, mezquino donde unos cuantos se frotan las manos por el potencial de hacerse de dinero, sin medir el impacto de sus planes en el resto de la población civil, desde el punto de vista de protección civil, de los costos humanos y materiales de su urgencia por beneficiatrse a costa del resto de la población.

Estoy en contra de los planes de desarrollo que se anuncian con bombo y platillo sin entender y mucho menos sin respetar la forma tan peculiar como funciona nuestra región ambiental, paisajística e hidrológicamente.

En el discurso oficial, el Polo de Desarrollo para el Bienestar de Chetumal ha sido presentado como una estrategia ambiciosa de crecimiento económico e industrial para el sur de Quintana Roo. Se promete conectividad, desarrollo industrial, generación de empleo y beneficios para la población. Sin embargo, al observar detenidamente el sitio elegido para establecer este polo, me surgen cuestionamientos cruciales sobre la viabilidad ecológica, hidrológica y social del proyecto. No se trata de oponerse al desarrollo, sino de preguntarnos: ¿dónde lo estamos construyendo?

La zona propuesta para este polo es, en su mayor parte, una planicie aluvial activa, colindante con el río Hondo. Este tipo de superficie no es tierra firme en el sentido más estable de la palabra: es un terreno dinámico, en su mayor parte, en constante transformación por la acción del agua y los sedimentos. Gran parte del territorio al sur de Chetumal se formó por procesos de agradación: depósitos de sedimento que se acumulan naturalmente en momentos de crecida o sobrecarga del sistema hidrológico. No es cuestión de si este terreno volverá a llenarse de sedimentos, sino cuándo ocurrirá y con qué consecuencias si se le obstaculiza.

El proyecto planea utilizar casi 90 hectáreas, de las cuales al menos 12.5 son humedales identificables, que han funcionado históricamente como zonas de amortiguamiento hidráulico colindante con el Río Hondo. Pero el resto de la zona no se salva de los escurrimientos y las anegaciones de cuando en cuando. Estas áreas son zonas de “manglar o tular”, que cumplen funciones ecológicas críticas. Actúan como buffers o zonas de descarga lateral cuando el río Hondo se desborda, como en épocas de lluvias extremas o huracanes. Al rellenarlas con fines industriales o comerciales, se elimina una pieza esencial del rompecabezas hidrológico de Chetumal.

La memoria territorial no miente. La gente que vive en la ribera del río, o en las comunidades más bajas hacia Belice, sabe bien que el agua busca su cauce. Si se bloquean las zonas naturales de escurrimiento, si se rellenan los deltas y los humedales sin respetar su función de regulación, el agua encontrará nuevos caminos… y muchas veces esos caminos son casas, escuelas o zonas agrícolas que nunca antes se habían inundado.

Todo apunta a que el proyecto fue trazado más en función de la disponibilidad de terrenos de ciertos propietarios que de una visión técnica integral del territorio.

La declaratoria oficial asegura que se cumplieron criterios de localización, conectividad, sostenibilidad ambiental y factibilidad industrial. No obstante, cuando analizamos la elección del sitio, pareciera que la sostenibilidad se quedó en el papel. Se pretende construir sobre humedales y zonas de inundación, recarga del acuífero, sin abordar de forma transparente las consecuencias ecológicas ni hidrológicas. ¿Se consultó realmente a especialistas locales? ¿Dónde están los estudios técnicos abiertos al escrutinio público? ¿Cuál fue el rol de los expertos en geomorfología y dinámica fluvial en esta decisión?

Construir un centro comercial o una zona industrial sobre una zona de agradación no es como edificar sobre roca firme: es como levantar un castillo de concreto sobre una esponja que se mueve con cada tormenta. Y esa inestabilidad no solo amenaza la inversión, sino la seguridad y el bienestar de toda una región.

Lo que más me preocupa del proyecto del Polo de Desarrollo en Chetumal no es solo el relleno de humedales o la expansión industrial. Es el lugar exacto donde se pretende construir. Porque esa zona, esa planicie aparentemente disponible, no es un terreno cualquiera: es la salida natural de desfogue de millones de metros cúbicos de agua que cada año atraviesan la laguna de Bacalar, la ribera y fluyen hacia el río Hondo. Es el sistema final de descarga de cuencas, corrientales, riachuelos —los cricks, como se les llama en la región— que descienden desde zonas más altas, llevando consigo agua, sedimentos y nutrientes.

Construir ahí, justo ahí, significa interrumpir la función vital de una de las zonas más delicadas y activas de agradación y sedimentación del sur de Quintana Roo.

Es importante decirlo con toda claridad: si este proyecto avanza en esas condiciones, Chetumal, Bacalar y todas las comunidades aguas arriba están en riesgo. Un riesgo que no solo es ecológico o hidráulico: es económico, social y, potencialmente, geopolítico.

Porque del otro lado del río —en Belice— existe una gran zona de humedales y planicies de inundación, aún más bajas, que funcionan como válvula de escape de los excedentes de agua que no puede absorber el sistema mexicano. Si esa ruta natural de descarga se bloquea con infraestructura mal ubicada, si se obstaculiza el flujo con rellenos, bardas o cimentaciones, el agua va a buscar nuevos caminos. Y cuando el agua no encuentra salida, inunda, rompe, arrasa.

La situación es particularmente delicada porque el proyecto, en la práctica, creará un dique. Al tener que rellenar las zonas de humedal para levantar parques industriales o centros comerciales, se eleva el terreno. Esa elevación artificial actúa como una barrera, una obstrucción directa a las dinámicas naturales de escurrimiento, sedimentación y amortiguamiento. No se trata de una metáfora: están construyendo un dique sin llamarlo así. Y ese dique interrumpe la continuidad ecológica e hidrológica entre la laguna de Bacalar y el río Hondo.

¿Quiénes fueron los especialistas que avalaron esta decisión? ¿Quién firmó ese estudio? ¿Quién aprobó este diseño sin tomar en cuenta que en esa planicie se resuelve —o se desborda— la presión hídrica de todo el sur del estado?

Tengo que alzar la voz. Porque ya lo estamos viendo: el estero de Chac y el arroyo del Chac están colapsando, su capacidad de desfogue se ha reducido visiblemente, y la laguna de Bacalar comienza a mostrar signos claros de estrés por sedimentación. Si seguimos permitiendo el avance de obras sin respeto por las funciones ecológicas del paisaje, no solo perderemos ecosistemas: vamos a desatar crisis sociales, económicas e incluso internacionales.

Este no es un proyecto mal diseñado: es un error grave de ubicación. Y cuando se trata del agua, los errores no se perdonan fácilmente. Si no se detiene, este desarrollo mal ubicado puede convertirse en el detonante de conflictos futuros y en la causa directa de desastres que, hoy, aún podemos evitar.

colaboracion: María Luisa Villarreal Autora

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