Colaboración Especial del Maestro Héctor Navarrete Mendoza
Hay episodios de nuestra Independencia que parecen sacados de una leyenda, pero que son parte de la carne y la memoria de México. Muchos conocemos los nombres de los grandes generales: Morelos, Galeana, Matamoros, pero pocas veces recordamos a aquel muchacho que, en medio del humo y el miedo, sostuvo la esperanza de una ciudad sitiada: Narciso Mendoza, el Niño Artillero.
Nació en Cuautla, Morelos, en el año 1800. Creció sin tiempo para juegos infantiles: la guerra ya estaba en las calles, en el ruido de los cañones y en las noticias que corrían de pueblo en pueblo. José María Morelos, el Siervo de la Nación, había formado un batallón muy especial: Los Emulantes, un grupo de niños y adolescentes dispuestos a defender su tierra, bajo el mando de su propio hijo Juan Almonte, quien con apenas nueve años ejercía como capitán. Entre ellos estaba Narciso, de doce años, ya conocido por su valor y su curiosidad por las piezas de artillería.
Llegó el 19 de febrero de 1812, fecha que quedaría grabada para siempre: el Sitio de Cuautla. El general realista Félix María Calleja llegaba con cerca de ocho mil soldados para aplastar la resistencia insurgente. El ataque se concentró en el barrio de San Diego, defendido por Hermenegildo Galeana. En medio del caos, corrió la voz: “¡Galeana ha caído!”. Los defensores, presa del pánico, abandonaron sus posiciones, dejando atrás un cañón ya cargado y al artillero muerto en el suelo.
Todos huían, menos Narciso.
Desde entre los escombros vio acercarse a los dragones españoles a caballo, listos para tomar el barrio y abrir paso a todo el ejército realista. Sin dudarlo, corrió hacia la pieza de artillería, tomó la mecha encendida que reposaba en la tierra y la acercó al ojo del cañón. En ese instante, un jinete le lanzó un sablazo que le hirió el brazo, pero ya era tarde: el disparo estalló con fuerza ensordecedora.
El proyectil derribó al dragón que lo había herido. La columna realista, sorprendida por ese disparo inesperado en medio de la retirada, creyó que llegaban grandes refuerzos insurgentes y retrocedió despavorida. Esos pocos minutos de tregua fueron oro para la causa: permitieron a Hermenegildo Galeana reagrupar a sus hombres y resistir, hasta que llegaron los apoyos de Morelos y Matamoros. Gracias a ese instante de valor, Cuautla mantuvo su resistencia durante 72 días más de asedio, convirtiéndose en el gran símbolo de tenacidad de la Independencia.
Morelos reconoció inmediatamente su hazaña: lo nombró alférez y le asignó una paga de cuatro reales cada día. Narciso no se detuvo ahí: siguió combatiendo en distintas batallas y llegó al grado de coronel de artillería. Pero la historia tiene capítulos tristes: sobrevivió a la guerra, vivió hasta el 27 de febrero de 1888 y murió pobre y casi olvidado, en su querida Cuautla.
Un niño de doce años, con un solo cañonazo, cambió el rumbo de una batalla que podía haber apagado la lucha por nuestra libertad. A veces no son los grandes ejércitos, sino la valentía de quien no huye, lo que salva una causa.