Así como la niebla se disipa, también comienza a despejarse la incertidumbre política, tanto a nivel nacional como internacional. Estados Unidos dejó claro, en su estrategia de seguridad nacional difundida a finales del año pasado, que no tolerará que sus socios políticos y económicos mantengan vínculos con gobiernos considerados adversarios. La postura es lógica y, en muchos sentidos, conveniente para México: somos el principal punto de acceso hacia Estados Unidos y una pieza clave para el impulso mutuo de ambas economías.

Durante años, Nicolás Maduro fue un “mal necesario”. Estados Unidos nunca dejó de comprar petróleo venezolano y, previsiblemente, seguirá haciéndolo. Sin embargo, el problema no fue económico, sino político y criminal. La concentración excesiva de poder y, sobre todo, la organización de grupos criminales dedicados al tráfico de drogas hacia territorio estadounidense marcaron el límite de la tolerancia. Las advertencias existieron; al ignorarlas, se rompió el acuerdo implícito.
Hasta ahora no se ha visto una respuesta militar de Venezuela ni llamados a una confrontación armada contra intereses estadounidenses. Lo que ocurre es un reacomodo interno dentro de la misma cúpula del poder chavista, con figuras que mantienen una relación más funcional con Washington. Las Fuerzas Armadas venezolanas no intervinieron ni lo harán: todo apunta a una negociación directa y pragmática. La consigna fue clara: entregar a Maduro para reordenar el tablero.

Este episodio confirma que Estados Unidos no titubea cuando considera necesario intervenir. Intervenir no es lo mismo que invadir; la invasión es costosa e ineficiente. Lo observado fue una operación rápida y quirúrgica.
Las acusaciones contra Maduro en Estados Unidos están respaldadas por abundantes pruebas sobre manejo de recursos y tráfico de drogas, incluyendo operaciones realizadas en territorio mexicano y vínculos con grupos criminales del país. De avanzar el proceso judicial, podrían surgir nombres de políticos mexicanos involucrados directa o indirectamente.
La apuesta estadounidense es evidente: influir de manera decisiva en México, remover figuras incómodas y respaldar perfiles considerados confiables y funcionales para la relación bilateral. En ese escenario, emerge Omar García Harfuch como una figura clave: disciplinado, enfocado y visto por algunos sectores como un posible relevo en el proyecto de poder, sin romper con el actual régimen.
En este contexto, la pieza central del futuro del morenismo no sería una izquierda de corte bolivariano, sino un perfil como el de Harfuch, capaz de garantizar estabilidad interna y entendimiento con Estados Unidos, nuestro principal socio comercial.




