Colaboración Especial del Maestro Héctor Navarrete Mendoza.
Un hombre que presidió la asamblea que declaró la independencia de México. Un hombre que defendió a los indígenas cuando su causa era impopular. Un hombre que amó a Leona Vicario, la heroína que financió y organizó la lucha insurgente. Un hombre que vivió “a salto de mata”, perseguido, amenazado, viendo a su esposa encarcelada y a su hija recién nacida nacer en una cueva, usada como moneda de presión.
Andrés Quintana Roo no fue un general. No fue un caudillo. Fue un jurista, un escritor, un político. Fue la voz y la pluma de la Independencia.
Sin él, las balas no habrían bastado. Porque las guerras no solo se ganan con fusiles: se ganan también con ideas, con argumentos y con palabras que convencerán a una nación de ser libre. Y las palabras de Quintana Roo están grabadas en el acta fundacional de México.
Su vida y su legado:
El pasado 15 de abril se conmemoro su aniversario luctuoso. Nació el 30 de noviembre de 1787 en Mérida, Yucatán, con el nombre de Andrés Eligio Quintana Roo. Hijo de José Matías Quintana, introductor del primer periódico de la península, y María Ana Roo, descendientes de colonos canarios. Desde joven recibió una educación rigurosa: primero en el Seminario Conciliar de San Ildefonso, luego se trasladó a la Ciudad de México para estudiar derecho en la Real y Pontificia Universidad, donde se graduó de abogado.
Pero pronto abandonó los tribunales por las tertulias y la acción política. La Independencia estaba en el aire, y él quería ser parte de ella.
La pluma insurgente:
Además de jurista, fue un escritor prolífico, ensayista, poeta y periodista. Colaboró en El Ilustrador Americano y fundó en 1812 El Semanario “Patriótico Americano”, publicaciones que difundieron los ideales de libertad y movilizaron a la población. Escribía no para la posteridad, sino para la urgencia: para convencer, para animar, para que los indecisos se decidieran y los decididos no flaquearan.
Su compromiso con la justicia venía de casa: su padre fue parte del grupo de los Sanjuanistas, que luchaban contra la servidumbre y el trato desigual a los indígenas. Una causa impopular, enfrentada por hacendados, funcionarios y clérigos, pero que Andrés mantuvo firme toda su vida.
El Congreso de Chilpancingo y la Declaración:
Su papel clave llegó en 1813, cuando fue elegido diputado al Supremo Congreso Nacional reunido en Chilpancingo. Inicialmente vicepresidente, asumió la presidencia efectiva al renunciar el titular. Desde ese cargo, redactó y encabezó la lista de firmantes del Acta Solemne de la Declaración de Independencia de la América Septentrional, el 6 de noviembre de ese año. También participó en la elaboración de la Constitución de Apatzingán (1814), la primera carta magna del México independiente.
Firmar ese documento era firmar una sentencia de muerte. Los realistas no perdonaban. Pero Quintana Roo lo hizo sin dudar, convencido de que la libertad valía cualquier riesgo.
Amor y lucha junto a Leona Vicario:
En la casa de su maestro, Agustín Pomposo Fernández, conoció a Leona Vicario, sobrina de este y futura compañera de vida y lucha. Aunque el tío se opuso por sus ideas independentistas, ambos se unieron en matrimonio en Tlalpujahua, Michoacán, a fines de 1813, mientras eran prófugos.
Leona no fue una mujer al margen: fue una estratega, financista y mensajera clave. Organizó redes de comunicación, envió ropa, medicinas y armamento a los insurgentes y colaboró en los periódicos de Andrés. Juntos formaron una de las parejas más formidables de la gesta independentista.
Vivieron perseguidos, sin casa fija, sin seguridad. En enero de 1817, su primera hija, Genoveva, nació en una cueva en Achipixtla, mientras huían. En 1818, Leona fue capturada y condenada a muerte. Andrés, usando su conocimiento de la ley y sus contactos, logró negociar el indulto para ambos no por clemencia, sino por presión política y salvar sus vidas.
La construcción de un país:
Con el triunfo de 1821, Quintana Roo continuó su labor pública. Fue diputado, senador, presidente de la Cámara de Diputados en dos ocasiones, ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos y de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Valentín Gómez Farías. También fue magistrado y presidente de la Suprema Corte de Justicia.
Desde sus cargos impulsó reformas liberales: separación Iglesia-Estado, libertad de prensa y defensa del federalismo. En 1841, fue enviado a Yucatán para negociar su permanencia en la Federación, evitando su secesión. Su meta siempre fue construir un país de leyes, no de hombres; un país donde todos fueran iguales ante la justicia.
Sus últimos años:
La muerte de Leona Vicario en agosto de 1842 marcó un antes y un después. Devastado por la pérdida, pasó sus últimos años en su casa de la calle de Venustiano Carranza, dedicado a sus labores en la Corte y a la literatura.
Falleció el 15 de abril de 1851 en la Ciudad de México, a los 63 años, víctima de neumonía. Sus restos descansaron primero en la Rotonda de los Hombres Ilustres, luego en la Columna de la Independencia desde 1925, y finalmente fueron trasladados al Museo Nacional de Historia el 30 de mayo de 2010, junto a los de Leona Vicario, como en vida y en lucha.
Como escribió el historiador J. I. Rubio Mañé: “Su estilo traza una Mérida de arcos y casonas y dibuja la personalidad de un prócer que no luchó con espadas, sino con palabras”.
Su imagen quedó grabada en los billetes de $20,000 Pesos en el año de 1989, sus palabras siguen vivas recordando su nombre con alguna calle por algún rincón de nuestro querido México Mágico.
Fuentes:
– Cámara de Diputados de México. Letras de Oro: Andrés Quintana Roo.
– Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Andrés Quintana Roo: Prócer de la Independencia.
– Diccionario Biográfico Español (RAH). Entrada “Andrés Quintana Roo”.
– Enciclopedia de la Literatura en México.
– Miquel i Vergés, J. M. La Independencia mexicana y la prensa insurgente. El Colegio de México, 1941.
– Rubio Mañé, J. I. Andrés Quintana Roo. 1944.
– Archivos del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM).
– Testimonios y documentos familiares conservados en acervos nacionales.