La Casa Blanca ha confirmado que el megabuque petrolero recientemente incautado por Estados Unidos en costas venezolanas iba cargado de petróleo rumbo a Cuba. Fuentes de inteligencia revelaron a medios como Politico y Axios que esta operación desmantela una red criminal que conecta a la tiranía de Nicolás Maduro con el régimen castrista. El petróleo, vital para la isla, jamás llegará a puertos cubanos para oxigenar su sistema.
La reacción en La Habana ha sido una rabieta monumental. Miguel Díaz-Canel y su canciller, Bruno Rodríguez, estallaron en redes acusando a Estados Unidos de “piratería” y “robo descarado”. Este berrinche diplomático expone su desesperación absoluta, pues saben que perder este cargamento agudizará los terribles apagones que sufren. Gritan sobre derecho internacional mientras ellos viven violando los derechos humanos de los cubanos.

El golpe económico es devastador para la cúpula castrista. El plan era que la empresa estatal Cubametales, sancionada por Washington, revendiera parte de este crudo en el mercado negro asiático (Vietnam o China) para obtener divisas. Fuentes señalan que familiares del dictador Raúl Castro conocían este esquema de corrupción. Al confiscar la carga, Estados Unidos les quita el dinero de la boca a los generales que saquean al país.
Esta operación militar representa un doble golpe para el socialismo regional. Por un lado, corta el flujo financiero de la narco-dictadura venezolana; por el otro, asfixia energéticamente al régimen cubano. En un contexto de máxima presión, con el portaaviones USS Gerald R. Ford en el Caribe, queda claro que la impunidad terminó. Las dos dictaduras parásitas se hunden juntas mientras Washington cierra el grifo petrolero de los regímenes.



