El pasado 15 de marzo de 2025, una acción sin precedentes tuvo lugar en Estados Unidos, cuando 261 presuntos miembros de la peligrosa organización criminal venezolana Tren de Aragua, así como 23 integrantes de la Mara Salvatrucha (MS13), fueron deportados hacia El Salvador bajo la histórica invocación de la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, una legislación no utilizada desde la Segunda Guerra Mundial.
Los deportados fueron trasladados al Centro de Confinamiento de Terrorismo (Cecot) en Tecoluca, El Salvador, un complejo penitenciario de máxima seguridad que alberga a los reclusos bajo condiciones estrictas. Este centro, que fue inaugurado en febrero de 2023, forma parte de la estrategia de seguridad implementada por el presidente Nayib Bukele. Con una capacidad para 40,000 prisioneros, el Cecot es conocido por sus duras condiciones, como la prohibición de visitas familiares y la falta de programas educativos para los detenidos.
Estados Unidos acordó pagar $20,000 por cada prisionero deportado anualmente, lo que contribuirá al financiamiento del sistema penitenciario salvadoreño. Sin embargo, esta operación ha generado gran controversia tanto en El Salvador como en otros países, ya que organismos internacionales de derechos humanos han expresado su preocupación por posibles violaciones, entre ellas detenciones arbitrarias y torturas.
Además, se ha puesto en duda la legalidad de esta medida, ya que muchos cuestionan la aplicación de la Ley de Enemigos Extranjeros sin pruebas claras de vinculación con actividades criminales en territorio estadounidense. En respuesta, el juez federal James E. Boasberg suspendió temporalmente las deportaciones, pero la Casa Blanca continuó con el operativo, argumentando que los deportados ya habían sido expulsados de EE.UU. antes de la orden judicial.
Por su parte, el gobierno de Venezuela ha denunciado el suceso como un “secuestro” y ha llamado a sus ciudadanos a exigir la repatriación de los deportados. Las familias, como la de Francisco Javier García Casique, han defendido la inocencia de los detenidos, mientras critican las condiciones a las que están siendo sometidos en El Salvador.
Este giro en la política migratoria estadounidense abre un nuevo debate sobre los límites de la justicia y los derechos humanos en el contexto de la seguridad internacional.



