Cancún recuerda este 21 de octubre el paso del huracán Wilma, uno de los episodios más destructivos en la historia reciente de Quintana Roo. Dos décadas después, el fenómeno sigue siendo referencia obligada para hablar de riesgo costero, prevención y dependencia turística en la región.
Wilma tocó tierra en la península de Yucatán en 2005 como un huracán de gran intensidad, tras alcanzar la categoría 5 en el Caribe. De acuerdo con los recuentos citados por autoridades y organismos especializados, sus vientos superaron los 250 kilómetros por hora y las ráfagas llegaron hasta 295 kilómetros por hora. Además, su avance lento prolongó por más de dos días los vientos y las lluvias extremas sobre el estado.
Una ciudad bajo el agua y con playas transformadas
El impacto fue particularmente severo en Cancún e Isla Mujeres. Las lluvias acumuladas equivalieron, según el balance del fenómeno, a una vez y media el promedio anual de Quintana Roo. La combinación de agua, viento y oleaje dejó calles inundadas, daños en viviendas y afectaciones en gran parte de la infraestructura urbana.
En la Zona Hotelera, el cambio fue visible de inmediato. Más de 110 hoteles reportaron daños o destrucción, mientras que postes, torres de transmisión y redes eléctricas también quedaron severamente afectados. El apagón se prolongó durante semanas en distintas zonas, lo que complicó la atención de emergencias y la reactivación de servicios básicos.
Las playas, uno de los principales atractivos del destino, fueron golpeadas por la erosión. En algunos tramos, la arena prácticamente desapareció, lo que evidenció la vulnerabilidad de la franja costera ante un ciclón de esa magnitud. La recuperación de ese frente no sólo era una cuestión estética o turística: implicaba también proteger empleo, inversiones y actividad económica en torno al mar.
El costo económico y la dependencia del turismo
La magnitud de las pérdidas dejó una factura que siguió pesando años después. Una evaluación del Cenapred y la Cepal calculó daños y pérdidas por 18 mil 773 millones de pesos en Quintana Roo y Yucatán. De ese total, cerca del 97 por ciento correspondió a Quintana Roo, y alrededor del 94 por ciento de las pérdidas estatales se concentró en el turismo.
El aeropuerto de Cancún permaneció cerrado alrededor de 62 horas, lo que afectó la llegada y salida de visitantes. Hoteles, comercios, transportistas y trabajadores del sector vieron interrumpidas sus actividades, mientras familias enteras enfrentaban daños en viviendas, pérdida de pertenencias y falta de servicios básicos.
La emergencia también alcanzó hospitales, escuelas, carreteras, puertos y redes eléctricas. En varias colonias cercanas al mar hubo inundaciones y evacuaciones, lo que amplió el impacto más allá del corredor turístico y confirmó que un huracán de gran fuerza golpea tanto a la industria como a la vida cotidiana de los residentes.
Lecciones de prevención y reconstrucción
Tras el desastre, el gobierno federal destinó recursos extraordinarios para recuperar 12 kilómetros de playas entre Punta Cancún y Punta Nizuc, además de reparar vialidades y edificios. La reconstrucción permitió restablecer buena parte de la infraestructura y el flujo turístico, pero también dejó una enseñanza central: la recuperación no depende sólo de volver a abrir hoteles.
Wilma mostró la necesidad de fortalecer viviendas e infraestructura, conservar manglares y dunas, mejorar rutas de evacuación y asegurar refugios adecuados. También dejó claro que los planes de protección civil deben contemplar tanto a residentes como a trabajadores y visitantes, especialmente en un estado donde la economía depende de manera tan directa de la actividad turística.
Hoy, a 21 años del huracán, la memoria de aquella emergencia sigue vigente. Cancún se reconstruyó, pero la experiencia dejó una advertencia difícil de ignorar: la costa es valiosa y, al mismo tiempo, frágil. Prepararse antes de la próxima temporada ciclónica sigue siendo la mejor defensa para reducir daños humanos, ambientales y económicos.
Conclusión
A 21 años de Wilma, Cancún sigue siendo un recordatorio de que la fortaleza de un destino turístico no sólo depende de su capacidad para recibir visitantes, sino de su preparación para proteger a la población, la costa y la economía ante un huracán.



