Pomuch, Campeche | Relatos de terror del Día de Muertos
En Pomuch, Campeche, cuentan que las ánimas regresan cada año para visitar a sus familias. Pero los antiguos advierten que hay reglas que jamás deben romperse: la ofrenda se respeta y, cuando llega la hora de despedir a los difuntos, no debe olvidarse.
Mi prima me contó una historia que, según ella, jamás podrá borrar de su memoria.
Su abuela había fallecido en enero y aquel 1 de noviembre sería la primera vez que la familia le pondría una ofrenda. Prepararon todo con cariño: mole negro, una Pepsi bien fría, pan de Pomuch y una fotografía donde la anciana sonreía mostrando sus dientes incompletos.
Antes de salir de casa, la madre de mi prima le advirtió:
—Mija, acuérdate bien: la ofrenda se quita el 3 de noviembre a las doce del día. Ni antes ni después. Si la dejas más tiempo, las almas pueden perder el camino de regreso.
Mi prima tenía que viajar a Campeche por trabajo. Salió el 2 de noviembre y, entre las prisas y el cansancio, olvidó por completo la advertencia.

Regresó la noche del día 4.
Apenas abrió la puerta, un olor extraño le golpeó la nariz. No era exactamente a comida descompuesta. Era una mezcla de flores marchitas, humedad y tierra de panteón.
La ofrenda seguía en su lugar.
Pero algo estaba mal.
La fotografía de su abuela estaba boca abajo. El vaso de agua tenía un color oscuro, como si alguien hubiera echado tierra dentro. El mole parecía haberse echado a perder de una manera inexplicable y la botella de Pepsi, aunque estaba vacía, tenía una sustancia transparente pegada a sus paredes.
Mi prima sintió un escalofrío.
—Ha de ser el calor —murmuró para tranquilizarse.
Retiró la ofrenda, tiró la comida y limpió la mesa. Después se fue a dormir, convencida de que todo había sido producto de su imaginación.
Pero a las 3:12 de la madrugada despertó de golpe.
El olor a mole negro llenaba su habitación.
Entonces escuchó algo en la cocina.
Clac… clac… smack… smack…
Parecía que alguien estaba comiendo. No utilizaba cubiertos. Masticaba con desesperación, como si llevara meses sin probar alimento.
Mi prima tomó su celular y encendió la lámpara.
Caminó lentamente por el pasillo. Al llegar a la cocina, la luz iluminó el rincón donde había estado la ofrenda.
Y allí estaba ella.
Su abuela.
Sentada en el suelo, con la misma ropa con la que la habían enterrado. Tenía el cabello despeinado, la piel pálida y la cara manchada de mole negro y tierra. Comía directamente del piso con las manos, desesperada, como si quisiera recuperar en unos minutos todo el alimento que había perdido durante una eternidad.
Mi prima intentó gritar.
No pudo.
La anciana levantó lentamente la cabeza y la miró. Sus ojos parecían hundidos, cansados, llenos de una tristeza que no pertenecía a este mundo.
—Mija… —susurró con la boca llena—. ¿Por qué no me pusiste la cruz de ceniza en la puerta?
Mi prima comenzó a temblar.
—No… no encontré el camino de regreso —continuó la anciana—. Ya pasó mi día. Ya cerraron el panteón. Ahora, ¿dónde voy a quedarme?
Mi prima salió corriendo y despertó a su madre. Cuando la mujer escuchó lo que había visto, no hizo preguntas. Se levantó, tomó ceniza del fogón y dibujó una cruz sobre la puerta de entrada. Después hizo otra en la cocina, mientras rezaba con una voz quebrada.
De pronto, desde el fondo de la casa, se escuchó un grito.
No era un grito de dolor.
Era un grito de hambre.
Las dos mujeres permanecieron abrazadas hasta que amaneció. No se atrevieron a entrar a la cocina.
Al día siguiente fueron al cementerio de Pomuch. Allí, entre las costumbres ancestrales de la comunidad, la familia limpió los restos de la abuela y le habló con respeto, como si pudiera escucharlos.
—Ya vete, ama. Ya comiste. Ya es día 4. Ya no es tu tiempo. Descansa en paz.
Esa noche, al regresar a casa, el olor había desaparecido.
Todo parecía normal, hasta que mi prima descubrió algo en el piso, justo donde había estado la ofrenda: una mancha negra con forma de cruz.
La tallaron con jabón. Después con cloro. Intentaron quitarla de todas las maneras posibles.
Pero la mancha nunca desapareció.
Desde entonces, mi prima asegura que cada 2 de noviembre coloca su ofrenda con mucho respeto. Y cuando llega el momento de retirarla, no se distrae, no sale de casa y no deja pasar ni un minuto.
Porque, según los relatos que se cuentan en esta historia, hay visitas que llegan con amor… y otras que llegan buscando alimento.
Y en Pomuch, donde la memoria de los difuntos permanece viva entre las tradiciones de sus habitantes, hay una pregunta que todavía provoca escalofríos:
¿Qué pasaría si invitaras a alguien a tu casa y, al llegar la hora de marcharse, no encontrara el camino de regreso?
🕯️ ¿Tú cuándo quitas tu ofrenda?



