DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

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DR. RUSSELL CERÓN-GRAJALES
DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

El resultado del muy reciente proceso electoral presidencial de los Estados Unidos de América, arroja un sesgo diferente cuando se observan  sus reflejos en el mapa de su división político-económica.

Si nominalmente se mantiene como la economía prima del planeta, con una valoración productiva actual de poco más de 21 billones de dólares, estas elecciones terminaron por acreditar el determinante peso de la gran economía nacional, que se decantó azul demócrata.

Descorramos el velo. La Oficina estadounidense del Censo, registra una subdivisión territorial del país en alrededor de 3 mil 100 condados, o unidades administrativas equivalentes, y donde el Estado con el menor número de condados es Delaware, con tres, y el Estado con el mayor número, Texas, con 254.

Con base en lo cual, el prestigiado centro de investigación ‘Brookings Institution’, con sede en Washington, DC, situó la plataforma ganadora del demócrata Biden, en 477 condados, frente a los 2 mil 497 favorables al republicano Trump.

Pero lo estrictamente relevante no es el número de distritos, sino el peso específico y significancia de cada condado como fuerza económica, y el respaldo que con el voto confiere.

Así, los 477 condados que apoyaron a Biden, representan, nada más y nada menos, que el 70 por ciento de la actividad económico-productiva del país, mientras que los 2 mil 497 condados de Trump, tan sólo el 29 por ciento.

Sin considerar los resultados de 110 condados pendientes al momento del análisis. En su mayoría, de bajo rendimiento productivo.

Y si miramos a la elección presidencial de 2016, los 2 mil 584 condados ganados por Trump, generaban sólo el 36 por ciento de la producción económica; no así los 472 condados de Hillary Clinton, que equivalían al 64 por ciento. Casi dos tercios de la economía agregada.

Concluyéndose con esto, que Biden capturó, prácticamente, todos los condados, urbanos y metropolitanos, portadores de las economías más grandes, incluyendo los pocos distritos que Hillary Clinton no ganó en 2016. Y en el reverso de la medalla, Trump ganó un mayor número de condados, pero más en ciudades pequeñas, pueblos y comunidades rurales, con economías ‘ad hoc’.

Los condados de Biden pintan como más diversos, educados y formados universitaria y profesionalmente. Fiel reflejo de una segmentación entre condados más densamente poblados, con clara tendencia al voto azul demócrata, y una serie más numerosa de condados, con base económica más pequeña, y marcado voto rojo republicano.

Resultados que sugieren problemas  de desconexión y distanciamiento entre dos gradaciones económicas y sociales, que dan aliento a una convocatoria antisistema, que no siempre pugna por la acción hacia el ordenado cambio estructural que enlace y conecte, sino que enciende y desgasta entre agitadas discursivas y nebulosas consignas populistas, como parece haber ocurrido durante cuatro años de tempestuosa pasión política.

Nuevas luces se anuncian frente al desbordante y aún nebuloso paisaje de la potencia.

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