DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

russellceron@hotmail.com

DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

En el decurso de sus 528 años de historia como unidad estatal, España ofrece en el tiempo un registro muy limitado y conflictivo como República.

Dos experiencias republicanas breves, intensas, y finalmente fracasadas.

La Primera República Española tuvo una vigencia menor a los dos años: desde su proclamación por las Cortes el 11 de febrero de 1873, hasta el 29 de diciembre de 1874, que se restaura la monarquía borbónica.

Y la Segunda República, con duración de ocho años. Régimen democrático proclamado el 14 de abril de 1931, en sustitución de la monarquía de Alfonso XIII, hasta su fenecimiento el 1 de abril de 1939, que pone punto final a una siniestra Guerra Civil, que dio paso a la dictadura franquista.

La monarquía parlamentaria española de hoy, surgida como forma de Estado a raíz del artículo inicial de la democrática Constitución de 1978, ha dado muestras fehacientes de madurez durante sus ya casi 42 años de vida.

Régimen con un Jefe de Gobierno que responde ante las Cortes, y en el que el Rey, como Jefe de Estado, es tomado como referente y garante de estabilidad para una España diversa y plural que hace más de 500 años, en 1492, fue constituida por los Reyes Católicos, a partir de la unión de los reinos cristianos de la Península.

Ahí donde una vivaz ciudadanía que aspira a marcar mayor presencia en las decisiones de gobierno, también incentiva un debate sobre la conveniencia de renovar o remodelar la forma de Estado, y pronunciarse sobre cuál sería el régimen político idóneo para su país: o Monarquía Parlamentaria, bajo estricta reforma, o un golpe de timón que termine por instaurar un modelo republicano.

En la expectante época de la transición prodemocrática, se conoció, a nivel gobierno, que era la República la que gozaba de la mayor simpatía por sobre la Monarquía. Pero se juzgó más conveniente decantarse por un modelo que, como el monárquico, pudiere garantizar la ansiada estabilidad del conjunto.

De similar manera, en la España de la actualidad, y pese al cada vez menor prestigio de la Monarquía entre las nuevas generaciones, los signos parecen apuntar hacia la opción de un reformismo del régimen en vigor.

Ciertamente, la apuesta por la República -a la luz de las infaustas experiencias de su historia-, produce, en ciertos sectores de la sociedad española, una serie de dudas y reservas relacionadas con la unidad nacional, la estabilidad política y económica, así como resquemores sobre una eventual deriva autoritaria del régimen republicano. El dialéctico arribo a una república autoritaria o populista, productora de reversión o involución democráticas, y una consecuente disminución del bienestar económico y social.

Las trampas sin límite de una “democracia” populista.

Bajo el prisma ciudadano, y de sectores razonablemente críticos con el prevaleciente estado de cosas, parece haber conciencia de que la democracia también ha mostrado en estas poco más de cuatro décadas de existencia, algunas limitaciones y agotamientos, como la rigidez política que no favorece una apetecida autorrevisión. Rigidez que, si excesiva, ha sido fruto de los temores de aquellos delicados tiempos de transición, y de la apuesta firme por la estabilidad institucional del nuevo régimen que surgía

Luego, la estabilidad de entonces se ha transfigurado en el relativo inmovilismo de hoy.

Pero también se precisa de templanza, y de sentido de perspectiva, para valorar, en su justa dimensión, el caudal de beneficios que la vigente institucionalidad democrática de la monarquía parlamentaria constitucional ha reportado a España, y a los españoles.

Una valoración más equilibrada, y más allá de críticas circunstancias que, sin duda, deben revisarse y normativamente ajustarse y sancionarse, sin desvaríos ni apocalípticas estridencias.

El Pacto Constitucional de 1978, con sus virtudes y defectos, sufre -quién puede negarlo- de fatiga democrática. Y es un imperativo categórico relegitimarlo a partir de un reformismo que permita hacer más operativo y eficiente un modelo que tantos activos ha legado a la modernidad democrática de España.

A Carlos Álvarez López, intelectual español.

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