DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

russellceron@hotmail.com

Dr. Russell Cerón-Grajales
DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

La democracia española de hoy, renueva inquietudes, más desde el campo social que de la arena política.

Inquietudes vinculadas con la pertinencia de modernización institucional de la forma de Estado.

La abdicación del rey Juan Carlos I; la proclamación de Felipe VI; más el cúmulo de escandalosas contravenciones legales y éticas en el seno de la Casa Real, propiciatorias de la indecorosa salida del rey emérito de su país, han intensificado la discusión general sobre si es la monarquía el régimen político idóneo para España, o cuáles debieren ser los alcances de una eventual remodelación estructural del Estado.

Muerto el dictador en noviembre de 1975, entre la proclamación de Juan Carlos I como rey por las Cortes franquistas; la Ley de Reforma Política de 1976; las pretensiones de apuntalamiento de una democracia limitada, y la final aprobación de la Carta Constitucional de 1978, el monarca, frente al anhelo popular de democracia, y las presiones de ciertos factores reales de poder, intuyó que, o encabezaba él mismo la transición, o los días de la Corona estarían contados.

De ahí que se haya visto políticamente compelido a asumirse como factor determinante para la consecución de un régimen de tal catadura, impidiendo así la consumación del previsto plan franquista de reorganización estatal.

En ese delicado intervalo de negociaciones, que dio génesis a la Constitución de 1978, la adopción del modelo político de

monarquía, fue uno de los grandes acuerdos, y una de las más importantes posiciones cedidas por las partes prorrepublicanas.

En realidad, el dilema, entonces, se daba más entre dictadura y democracia, que entre monarquía y república.

En tal contexto, y más allá de cuestiones de carácter ideológico, se sopesó y justipreció la trascendencia de la democracia como régimen, antes que dar alas, con todos sus riesgos y consecuencias, a una no descartada extensión del período de “dictablanda”, que finalmente duró de noviembre de 1975 a diciembre de 1978. Sin desconsiderar el entorno de crisis económica, social, y de fin de régimen, que podía dar pie a una agudización de las condiciones de convivencia.

Visto con amplia perspectiva, podría valorarse que la España constitucional y democrática de hoy,  al suscribirse al modelo de monarquía parlamentaria, y al incorporar a “otro ejecutivo” como Jefe de Gobierno, y hacerlo políticamente responsable ante el Parlamento, terminó por integrar elementos propios del modelo republicano, dentro de la superestructura monárquica del Estado, enriqueciendo con ello el prototipo de la naciente democracia.

Condiciones flexibles y concertadas que, al igual que el creativo diseño institucional del denominado Estado de las Autonomías, tan buenos dividendos ha reportado, durante poco más de 40 años, al pueblo español, en su fluida y exitosa carrera hacia la modernidad y el desarrollo.

Ahora, sin embargo, el traje constitucional pactado a la medida y visiones del país de aquel momento, y a la vista de los ideales aún por cumplir, se ha trastocado en un modelo y un sistema que se consideran rígidos para dar cabida a un entramado de cambios y transformaciones que le confieran mayor flexibilidad, vigor y viabilidad.

Pero, habremos de diseccionar, en parte próxima, cómo se plantea la discusión en la inquieta e inquietante España de la actualidad.

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