DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

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Dr. Russell Cerón-Grajales
DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

La audaz, pero al fin fallida, invasión de Hitler a la URSS, había dejado en aquellos territorios una estela severa de muerte y desolación, aunque intocada su capital.

Ahora, coordinada con los Aliados, y desde el Frente del Este, estaba a tiro de piedra de concretar su revancha. Alemania estaba pagando muy caro, pero ningún sitio como el neurálgico emplazamiento de su capital histórica, bombardeada, derrotada y reducida a escombros y cenizas.

Y más grave aún: con la mira puesta sobre la inerme población civil.

Aterradores y oscuros capítulos que los registros oficiales de la historia han querido, por supuesto, omitir, pero de los que hay crudos e inocultables testimonios de una brutal realidad padecida a mansalva y, de tal nivel de exposición, y consecuencia, que no puede, de ninguna manera, ser suprimida.

Una vez liberadas las presiones extremas de una guerra a morir, éstas se encaminaron al desenfreno de una apetecida venganza.

Los soldados soviéticos, en su mayoría, procedían de la vida rústica de las estepas y montañas del Cáucaso, y no habían tenido antes contacto con las muy superiores condiciones de desarrollo material y sofisticación que mostraba Alemania.

La comparación resultaba abismal.

Y no sólo se procedió al hurto, a vivos y muertos, de todo cuanto se pudo, sino que de aquello de lo que no podían apoderarse, o trasladar, la destrucción era su suerte. El pillaje, en toda la modalidad del término.

Peor todavía: las indecibles vejaciones contra mujeres que fueron objeto de terribles, masivas e inhumanas violaciones.

En Alemania, alrededor de dos millones de mujeres fueron violentadas de tal modo.

Sólo en Berlín, tras su rendición, el ultraje fue consumado en más de 100 mil mujeres.

Las víctimas no sólo fueron jóvenes y adultas. La saña fue contra miles de niñas y ancianas. Ancianas y niñas victimizadas a vista de sus propias familias.

Los padres, y quienes intentaban evitar el ultraje, lo pagaban con sus vidas. También aquéllas que se resistían.

Ofensa insoportable. La humillación. La deshonra. Sufrimiento físico y emocional que mató en vida a familias enteras. Y dejó lastimadas, malheridas, y muy graves, a un sinnúmero.

Muertas muchas a causa de la brutalidad con que fueron tratadas.

Miles de ellas, y también sus familias, terminaron en el suicidio.

Un tema sumamente doloroso del que se habló casi nada durante la Guerra Fría. Los medios soviéticos se escudaron en la descalificación de los hechos como “inventos” de Occidente, siendo que varias de las pruebas procedían del testimonio oral, y hasta escrito, de los propios victimarios.

El horror sentó sus reales en Berlín durante los días sin fin que sucedieron a su caída.

Increíblemente, la cultivada capital del Reich había muerto, víctima de la megalomanía y despropósitos de un mesiánico y delirante líder.

Y aún después de muerta, el calvario la perseguiría por mucho tiempo más.

Pero la resurrección, también.

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