DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

russellceron@hotmail.com

(Parte V)

Dr. Russell Cerón-Grajales
DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

La batalla decisiva de la Segunda gran Guerra, llamó a la puerta el 16 de abril de 1945.

En inferioridad comparativa por equipamiento y organización, los defensores alemanes no pudieron contener el avance soviético hasta el centro mismo de Berlín.

La suerte estaba echada, y la marea roja se venía encima.

Asediada y brutalmente bombardeada, una desesperada ciudad luchaba por contener la ofensiva de muerte.

En su refugio subterráneo de la céntrica Cancillería, distante de la realidad que se vivía en exteriores, el Führer dictaba iracundas órdenes de resistencia. Resistencia, al precio que fuere. No importaba el sacrificio de la población civil. Rendición no era tema, ni opción alguna.

Mientras tanto, la ciudad continuaba desangrándose y sometida a inmisericorde ataque por aire y por tierra. Bombas, cañones y fusiles habían reducido a escombros a la otrora erguida y elegante capital alemana.

Una población sujeta a inaudito terror, que no alcanzaba a entender cómo una sede de tanta prosapia había podido arribar a tales extremos.

El viernes 20 de abril, fecha de su aniversario natal número 56, Adolf Hitler fue “celebrado” en pleno centro urbano con bombardeos aéreos de las fuerzas estadounidenses y británicas. La ciudad había quedado ya sin electricidad.

La defensa alemana de Berlín, se puso bajo las órdenes del diligente general Helmuth Otto Ludwig Weidling, quien no pudo impedir que los proyectiles soviéticos cayeran sobre el corazón mismo de una capital que, agónica, heroica y suicida, estaba resistiendo más allá de sus mermadas fuerzas.

Los combates también se libraban cuerpo a cuerpo, casa por casa.

Ante la ocupación de los barrios, la población civil se refugiaba en sótanos de vivienda o en los humeantes túneles del metro.

El tiempo se agotaba y el Führer había tomado su última decisión.

Aquella tarde del lunes 30 de abril, entre las 15:30 y 16:00 horas, en la severa Cancillería, en su búnker, desde su dormitorio, y tras la ingesta de una cápsula de cianuro, se escuchó la detonación de un revólver. El suicidio había sido su escape más decoroso. Consumado minutos después del de Eva Braun, que, junto a él, yacía sin vida, en el sofá, producto de la aplicación de similar sustancia.

En medio de los bombardeos circunstantes, los oficiales del líder trasladaron ambos cuerpos al jardín de la Cancillería, para terminar arrojándolos a una fosa excavada ex profeso, y acto seguido prenderles fuego.

Las instrucciones del Führer habían sido estrictamente cumplidas.

Ante las llamas que le consumían, le fue tributado el último saludo nacionalsocialista.

Pero la sanguinaria y despiadada batalla, aún no concluía.

La infamia, el oprobio, apenas mostraban sus sedientas, encendidas fauces.

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