DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

russellceron@hotmail.com

(Parte IV)

Dr. Russell Cerón-Grajales
DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

Suscrito el 23 de agosto de 1939, el Pacto germano-soviético de No Agresión, enmascaraba los afanes expansionistas de dos regímenes totalitarios, política e ideológicamente contradictorios. Dos países que ambicionaban el reparto de Europa, en esferas de interés soviético y alemán.

El 1 de septiembre siguiente, inician las hostilidades con la invasión de Alemania a Polonia. Punto de partida para la conquista nazi de Europa occidental.

Mientras tanto, la Unión Soviética, simulando neutralidad, y ante el silencio del concierto de naciones, desplegaba una serie de ocupaciones territoriales más allá de su frontera oeste. En su zona contigua de Europa oriental.

Pero pasando por encima de su reciente alianza, Hitler decidió abrir un desgastante segundo flanco por el este, lanzando su ofensiva contra la URSS el 22 de junio de 1941. Fracasado episodio, y punto de inflexión, que habría de imponer muy alto costo a las potencias del Eje. Más concretamente, a Alemania.

Tras la derrota germánica, la iniciativa pasaría del lado soviético.

Ya sumada la URSS a la contienda, la coordinada estrategia aliada fue planteada en dos frentes: el del oeste, encabezado por EE UU e Inglaterra, y el frente del este, por las tropas soviéticas.

Liberada Francia en 1944, las fuerzas occidentales tomaron rumbo al señalado objetivo final.

Por el lado este, y pretendiendo ser las primeras en llegar, avanzaban las fuerzas soviéticas hacia Berlín.

El Führer creía firmemente que el arribo a Berlín podía evitarse. Pero había hecho un mal cálculo y cometido estratégicos errores. No había poder humano que pudiere hacerle rectificar. Su círculo militar no contaba. No escuchaba. Se imponía. Le temían.

En enero de 1945, el Ejército Rojo entró en territorio alemán. Y en lento pero continuo avance, superando batallas, logró apostarse en las proximidades de la capital alemana.

En abril, había roto el último cerco que la defendía.

De modo iluso, el gobierno alemán había omitido tomar las medidas precautorias para desalojar, y poner a salvo, a la población civil berlinesa.

La oscura batalla final tocaba a las puertas de la ilustre y dramática ciudad.

Todos a merced de tan trágicos y despiadados acontecimientos.

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