(Parte III)

DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

russellceron@hotmail.com

Dr. Russell Cerón-Grajales
DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

Tan pronto retornó de París, Adolf Hitler llamó a su Ministro y arquitecto de confianza, Albert Speer, a quien confesó que:

“Alguna vez pensé destruir París. París es hermoso, pero nuestro Berlín lo será mucho más. París pasará a un segundo término. No tiene el menor sentido destruirla”.

Pasiones encontradas de admiración y rivalidad. Una constante en su vida. La viva comparación dejaría traslucir ante el mundo, la imperiosa superioridad de la Berlín-Germania que él imaginaba.

Pero cuatro años más tarde (1944), las proyecciones para Alemania habían dado un radical giro.

La estrategia había sido trazada y decidida, desde 1943, en Washington. Y ahora, desde Albión, se disponían las operaciones militares para un complejo y espectacular golpe: el arribo naval y aéreo de las fuerzas aliadas al ocupado territorio continental de la Europa oeste.

El Desembarco en Normandía, el 6 de junio -Día D-, permitió el avance aliado que habría de conducirles, dos meses después -agosto-, a las puertas de París, favoreciendo con ello la sublevación popular y el accionar de la Resistencia francesa.

Ante el declive nazi y la toma inminente de su preciada y simbólica joya, el sentimiento y frustración del Führer desbordó en furia, profiriendo la siniestra y sentenciosa orden:

“París sólo puede quedar en manos del enemigo siendo escombros”.

La disposición era terminante: hacer volar los puentes del Sena, y dinamitar los más importantes y representativos monumentos de la ciudad.

No obstante, el gobernador militar alemán del Gran París, General Dietrich Von Choltitz, decidió, por razones técnicas, estratégicas y diplomáticas, desacatar el macabro decreto. La ciudad no ardió, y fue libre de nuevo.

La Liberación de París por las tropas aliadas, quedó sellada el 25 de agosto de 1944.

La invasión de Normandía había culminado con el rescate de los territorios ocupados. Capitulaciones parciales todas. Restaba la capitulación final.

Todos los caminos conducían a la histórica y cultivada capital de Prusia.

La prestigiosa y aristocrática capital del Reich.

El terror se cernía sobre Berlín.

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