DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

(Parte I)

russellceron@hotmail.com

Dr. Russell Cerón-Grajales
DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

Centros neurálgicos de su imperial estrategia de dominación, París y Berlín eran las dos entrañables ciudades del Führer.

París, la que tanto admiraba y latía en su emotiva memoria de temprano lector. Su ciudad fetiche. La que soñaba algún día conocer.

Y Berlín, la que, bajo nueva denominación y profunda reestructuración, habría de constituirse en indisputable capital de un magnífico imperio rendido a sus pies. La que él deseaba, arquitectónica, artística y urbanísticamente, ennoblecer.

Recién iniciaba la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), e invadidas Holanda, Bélgica y Luxemburgo, las tropas alemanas pasaron a Francia, que, en apenas unas semanas, capituló el 17 de junio de 1940.

Once días habrían de pasar para que Adolf Hitler, el 28 de junio, cumpliera su dorado sueño, al arribar al aeropuerto de Le Bourget, a las 5:30 del amanecer parisiense.

Una visita furtiva y casi secreta, para en tres horas, de 6 a 9 de la mañana, recorrer, en caravana de tres Mercedes, los sitios y monumentos más emblemáticos de la derrotada y ocupada capital de los parisi.

Y la visitaba como amo y señor. El hombre más poderoso de Europa, el conquistador de la más preciada joya, hacía irradiar, con su presencia, todo el peso simbólico y estratégico de la victoria.

Habiéndose hecho acompañar del escultor Arno Breker; de los arquitectos Albert Speer y Hermann Giessler; y para la documentación de la gira, de su fotógrafo personal, Heinrich Hoffmann; de su camarógrafo oficial, Walter Frentz, además del mariscal Keitel y de su secretario personal, Martin Bormann, el recorrido inició, a petición suya, por el Teatro de la Ópera (Palacio Garnier), siendo muy conocida su dilección por la arquitectura y el arte francés, y su especial gusto por los teatros y el arte operístico.

Enseguida, el templo de la Madeleine; y por la Rue Royale y la Place de la Concorde, Champs Élysées y la Place de l’Étoile (Charles de Gaulle) -con el Arco del Triunfo-. De ahí, a Trocadero y la Torre Eiffel, hasta la Tumba de Napoleón Bonaparte en Los Inválidos.

Tanto Speer como Breker dejaron testimonio de las impresiones y reacciones más sensibles del Führer. Y cómo, después de haber permanecido en respetuoso y solemne silencio ante el napoleónico mausoleo, externó a su fotógrafo: “Ha sido el momento más bello de mi vida”. Y confesado a Speer, ya finalizada la jornada: “Poder ver París ha sido el sueño de toda mi vida. No puedo expresar lo feliz que soy”.

Su primera y única visita. Pero la gran idea que albergaba, y que se trocó en   severa orden a sus elegidos arquitectos -que también lo era Breker-, fue poner, de inmediato, manos a la obra para el colosal rediseño urbanístico, arquitectónico y artístico de la, para él, aún provinciana ciudad de Berlín; la que, bajo el nombre sustituto de Germania, sería la reestructurada, dignificada y orgullosa capital del Reich.

Una imponente y grandilocuente ciudad, que, de tan esplendente, remitiría a París a una segunda y distante posición.

La proyección, iniciaba su compleja andadura.

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