DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

russellceron@hotmail.com

Dr. Russell Cerón-Grajales
DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

Una economía depresiva -y no sólo recesiva- conduce a territorio minado en materia deudora.

Más allá de las consecuencias de un pobre crecimiento. O del no crecer. O aún del decrecer, la llamada depresión económica nos remite a un grado especialmente gravoso y sostenido de la recesión, con toda su carga a cuestas de quiebra masiva de empresas; tasas inauditas de desempleo, formal e informal; reducción salarial; demérito de la fiscalidad; sufrimiento presupuestario y social, entre otras. El empobrecimiento, como nunca antes en tiempos de paz.

Estiman los mercados para 2020, una pérdida anual aproximada del 10 por ciento de la riqueza productiva nacional (PIB). Una décima parte del tamaño o valor de toda una gran economía, como la nuestra.

Y al achicarse la economía, aumenta -por ese solo hecho- la deuda pública.

El monto de deuda se aquilata, o hace representar, como porcentaje de esa riqueza. Y lo que, por principio, los organismos financieros internacionales recomiendan, es no rebasar un límite deudor del 50 por ciento del PIB.

En los sexenios 1994-2000 y 2000-2006, la deuda pública mexicana se mantuvo bajo disciplinado control, en un 30 por ciento del producto. En el ciclo 2006-2012, en un 37 por ciento. Y fue en el 2012-2018 cuando la razón o cociente ascendió a 45 por ciento.

El gobierno actual sostuvo ese mismo 45 por ciento, al cierre 2019. Pero ahora, ante un más que menguante PIB-2020, el monto de la deuda soberana habrá de dispararse, de modo automático, respecto de un PIB sensiblemente disminuido.

Débito aún más pesado y riesgoso, por estar sujeto a menores respaldos productivos, fiscales y presupuestarios. Y con la variable de inversión nacional y extranjera, bajo asedio, cuando tendría que ser el factor de mitigación, o franca reversión, ante tan frenética caída.

Y porque ni creciendo a un modesto 2 por ciento anual en los próximos cuatro años que restan de este período gubernamental, podría restituirse el valor productivo de lo recibido en 2018. Lo que nos remitiría a un sexenio no sólo económica y socialmente perdido, sino increíblemente empequeñecido.

El mundo al revés. En juegos y rejuegos donde los perdedores seríamos todos.

¡Menuda clase de juegos!

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