DESPACITO Y BUENA LETRA (COLUMNA EDITORIAL)

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Dr. Russell Cerón-Grajales
DOCTOR EN DERECHO Y PROFESOR-INVESTIGADOR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO. CANDIDATO A DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNAM.

La estructura del Estado democrático de Derecho adopta un modelo constitucional que tiene como base el principio de separación de poderes. Principio que se completa con un sistema de controles y contrapesos (‘checks and balances’) que propicia y determina un ejercicio equilibrado del poder político.

Los órganos estatales se limitan y frenan entre sí, evitando la acumulación o concentración del poder político en uno solo.

A diferencia de los regímenes parlamentarios europeos, donde el acento se hace radicar en el Poder Legislativo, en nuestro régimen presidencial se tiende a una preponderancia atributiva del Poder Ejecutivo por sobre los Poderes Legislativo y Judicial. De suerte que la separación tripartita de poderes tendría que ser más clara y profunda para definir, distribuir, limitar y controlar su ejercicio.

Recientemente, y ante un veredicto judicial contrario a su personal objetivo de reelección, un presidente sudamericano arremetió contra la independencia del Poder Judicial, al descalificar como estorboso el entramado institucional de división de poderes, desconsiderándolo como una doctrina imperialista de factura estadounidense, por lo que debía ser rechazado. Posición más que falsaria, ya que dicho principio había sido desarrollado por Montesquieu en “El Espíritu de las Leyes”, casi tres décadas anteriores a la Declaración de Independencia de EE UU (1776).

Los postulados y prácticas del populismo son muy puntuales en dirigir sus esfuerzos hacia la demolición del andamiaje institucional que sostiene al Estado democrático de Derecho, que garantiza los equilibrios políticos y la rendición de cuentas. Muy aplicados en su indecoroso e impúdico afán de concentración del poder. Y en su ominoso objetivo de desmantelamiento o neutralización de los saludables órganos autónomos y de control, y de ciertos poderes fácticos, como en el caso de las batallas para desfondar al periodismo libre.

Los países que han besado los labios de la democracia representativa, no pueden darse el lujo de sepultar sus fundamentos e involucionar hacia las arcaicas eras del poder absoluto, autoritario, vertical. Vestigios de una subcultura que demanda acrítica subordinación.

Cuando se renuncia a la construcción de consensos, el castillo de naipes puede, no tan excepcionalmente, terminar por colapsar.

La democracia, pese a todas sus limitaciones, y a la pertinaz ceguera de sus detractores, sigue siendo, sin duda, el menos malo de todos los sistemas de gobierno, y el más sólido de los cimientos para remontar las grandes disparidades que alimentan las riesgosas y peligrosas apetencias de disgregación.

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